Cualquiera de nuestros lectores convendría en que ciertos hechos puntuales pueden sumergir a un individuo en un estado de rabia y psicosis por algunos momentos, en los que es capaz de decir y hacer muchas cosas de las que luego podría arrepentirse. Es algo humano, entendible. Lo que no está tan claro es la permisividad con la que el “juez” debe actuar en esos instantes. Los límites deben estar bien marcados para que los protagonistas de esas actuaciones sepan hasta dónde pueden llegar.
No es lo mismo que una persona se encienda tras una discusión y diga alguna palabra malsonante, que la misma agarre un arma de fuego y asesine a todos los presentes. Lo primero es perdonable; lo segundo, bajo ninguna circunstancia.
Cuando el susodicho es víctima de ese ataque de nervios y adrenalina, denota que algo falla; hay algo que no es capaz de controlar, se ha cometido un error previo que, ahora, en medio del jaleo y los gritos, es imposible de remediar.
Hagamos un travelling y centrémonos en lo sucedido el pasado miércoles en Stamford Bridge, Londres, cuyas consecuencias ya están empezando a llegar. El colegiado noruego Tom Henning Ovrebo señala el final del encuentro con el 1-1 en el marcador y la montaña de sueños e ilusiones construída -a base de destrucción, todo sea dicho- por los del Chelsea se viene abajo por culpa de un mago llamado Andrés.
Ahí empieza la psicosis, difícil de controlar entre tantos fanáticos enfervorecidos y ansiosos de sangre y respuestas, o viceversa.
¿Qué sucedió antes?
Pasó que un tal Didier Drogba pecó de ser el jugador menos profesional que jamás haya visto un servidor en una cancha de fútbol. El marfileño nos tiene acostumbrados, pero lo del miércoles no tiene pase. ¿Cuántas veces se tiró a la piscina el delantero africano? A bote pronto, se podrían contar unas siete u ocho.
Resulta patético y casi vomitivo contemplar cómo se comporta este personaje, sabiendo que es el futbolista más sucio y desagradable de todo el panorama balompédico actual; el que más infringe las normas, el que peor sabe aceptar la derrota, el que más se aprovecha de los favores de los árbitros, que lo protegen durante todos los partidos cuando comete sucesivas faltas a la hora de cumplir su cometido.
La mentira de Didier Drogba es la mayor mentira de la historia de las mentiras en el fútbol. El jugador más sobrevalorado, sin duda alguna. Lógico por otra parte, estando rodeado de quienes está rodeado. No se preocupen, que el tiempo ya le está poniendo en su sitio.
También resulta deleznable la actitud del Chelsea. Los blues jugaron con un hombre más durante 24 minutos de la segunda mitad -debido a una expulsión de Eric Abidal totalmente injusta-, contra un Barcelona sin ideas, atascado, desmotivado…y no supieron, no quisieron resolver el partido. Tuvieron una oportunidad magnífica para quitarle el balón a los azulgrana y sentenciar la contienda. Pero no, se quedaron atrás, con miedo, con demasiado respeto, reacios a arriesgar.
Estamos tan acostumbrados a todo eso que creo que no nos debería sorprender nada.
Como el propio título de esta extraña nota dice, la psicosis es una consecuencia más de la mentira. Y en la psicosis siempre queda al descubierto la mentira.
En Inglaterra se habla de “robo sin piedad” en contra de los londinenses. Les pasamos a resumir lo que opinan los diferentes diarios de la actuación del colegiado nórdico en el encuentro de semifinales entre británicos y españoles, haciendo hincapié en la cantidad de penas máximas que cada uno de los diferentes periódicos creen que Ovrebo debió señalar:
- The Guardian: tres penaltis.
- The Sun: cuatro penaltis.
- Daily Mirror: cinco penaltis.
- Daily Telegraph: seis penaltis.
- Times Online: ocho penaltis.
Como decíamos, la mentira queda desenmascarada mientras dura el “proceso” de psicosis (en el que entran, incluso, las amenazas de muerte). Resulta hasta gracioso leer las publicaciones de los tabloides británicos, más aún cuando terminan recurriendo a la inventiva para justificar sus respectivas posturas.
Algunos apelan a “la justicia del Dios del Fútbol” para describir lo acontecido en el Bridge hace poco menos de 48 horas. En cambio, aquí preferimos hablar de una cuestión “matemática”; Hiddink planteó un partido horrible, un sistema repulsivo, que si bien resulta difícil de digerir, es totalmente lícito.
El Chelsea cometió un solo error en 97 minutos de juego.
Foto: TheSun.com